El último de los Mohicanos

Capítulo IV

Bien, ve por tu camino; no saldrás de este bosque.

Hasta que te haya atormentado por esta injuria.

El sueño de una noche de verano.

Las palabras aún resonaban en la boca del explorador cuando el que encabezaba el grupo, cuyos pasos había detectado el indio, ya estaba a la vista. Un sendero despejado, como los que originan los ciervos en su periódico deambular, dio paso a un pequeño descampado cercano que pasaba el río justo donde el hombre blanco y sus acompañantes se habían apostado. Siguiendo este camino, los viajeros constituían una imagen muy poco habitual en aquellas profundidades boscosas, mientras avanzaban lentamente hacia el cazador, que a su vez les aguardaba al frente de sus compañeros.

—¿Quién va? —exigió saber el explorador, mientras apoyaba su carabina de un modo informal sobre su brazo izquierdo, manteniendo el dedo índice de la mano derecha sobre el gatillo, aunque sin ánimo de amenazar—. ¿Quién ha osado adentrarse entre las bestias y los peligros del bosque?

—Creyentes en Dios, y amigos de las leyes y del rey —contestó el que cabalgaba más adelantado—. Personas que han estado viajando desde que amaneció, entre las sombras de los árboles, sin haber comido, y tristemente cansados de tanto deambular.

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