El último de los Mohicanos

Capítulo XI

Maldita sea mi tribu Si le perdono.

Shylock.

El indio había escogido una de esas colinas piramidales de mucha pendiente que guardan gran similitud con los montículos formados por la mano del hombre, tan abundantes en los valles americanos. El que nos ocupa era considerablemente alto, provisto de una llanura en su cima —característica también frecuente—, aunque una de sus laderas tenía forma irregular. Las únicas ventajas que ofrecía como lugar de descanso parecían residir en su altura y configuración, las cuales facilitaban la defensa y evitaban cualquier ataque por sorpresa. Por su parte, al considerar que el rescate parecía cada vez menos probable por el tiempo y la distancia transcurridos, Heyward no tomó en cuenta estas particularidades físicas del lugar y se dedicó a reconfortar a sus acompañantes más débiles. Los caballos narraganset pudieron reponer fuerzas gracias a las ramas y hierbajos de la escasa vegetación que crecía en la cima de la colina, mientras lo que quedaba de provisiones fue dispuesto bajo la sombra de la haya, cuyas quimas se extendían horizontalmente sobre el grupo a modo de parasol.

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