La Mujer del Cesar

Por Pereda, José María de Pereda

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Y aquí caigo yo en la cuenta de que voy dando a este mozo cierto aire siniestramente misterioso, que así cuadra a su carácter como a un santo una pistola, y de que esto me obliga a poner las cosas en su punto antes que las sospechas del lector lleguen adonde no deben de llegar. Al efecto, con esa virtud maravillosa, inherente al novelista libre, voy a hacer que mi hombre piense recio; recurso precioso que ha engendrado el monólogo y el aparte en el teatro, merced a lo cual se entera del más recóndito pensamiento de un personaje el espectador más sordo, sin que de él se percaten sus más inmediatos interlocutores. Y manoseando papeles el de la bufanda, cayéronsele dos al suelo; y cediendo a esa tentación que no es propia exclusivamente de las mujeres, sino también de los hombres cuando nadie los ve, después de recogerlos sobre la alfombra leyó en uno de ellos: - …»Por un aderezo de oro y perlas… ea… tor… ce mil… «¡Qué barbaridad! Y luego en el otro: - …»Por dos cortes de vestido… siete mil cuatrocien… «¡Ave María Purísima! (Esto ya lo dijo plegando las cuentas y dejándolas sobre el velador): -He aquí dos despilfarros que harían feliz a una familia pobre… ¡Desventurado Carlos! A este paso no te bastan las minas del Potosí.