El Combate de la tapera
El Combate de la tapera En los intervalos de las descargas y disparos, oÃase el furioso ladrido de los mastines haciendo coro a los ternos y crudos juramentos.
Un semicÃrculo de fogonazos indicaba bien a las claras que el enemigo habÃa avanzado en forma de media luna para dominar la tapera con su fuego graneado.
En medio de aquel tiroteo, Ciriaca se lanzó fuera con un atado de cartuchos, en busca de Mauricio.
Cruzó el corto espacio que separaba a éste de la tapera, en cuatro manos, entre silbidos siniestros.
Los tiradores se revolvÃan en los pastos como culebras, en constante ejercicio de baquetas.
Uno estaba inmóvil, boca abajo.
La china le tiró de la melena, y notóla inundada de un lÃquido caliente.
—Mira! —exclamó—, le ha dao en el testuz.
—Ya no traga saliva, —anadió el cabo—. ¿Trujiste pólvora?
—Aquà hay, y balas que hacer tragar a los portugos. Lástima que estea oscuro… Cómo tiran esos mandrias!
Mauricio descargó su carabina.
Mientras extraÃa otro cartucho del saquillo, dijo, mordiéndolo:
—Antes que éste, ya quisieran ellos otro calor, Ah, si te agarran, Ciriaca! a la fija que te castigan como a Fermina.
