El Combate de la tapera
El Combate de la tapera Esa lluvia caliente y humeante bañó el seno de Cata, corriendo hasta el suelo.
Soportóla inmóvil, resollante, hoscosa, fiera; y al fin, cuando el fornido cuerpo del capitán cesó de sacudirse quedándose encogido, crispado, con las uñas clavadas en tierra, en tanto el rostro vuelto hacia arriba enseñaba con la boca abierta y los ojos saltados de las órbitas, el ceño iracundo de la última hora, ella se pasó el puño cerrado por el seno de arriba a abajo con expresión de asco, hasta hacer salpicar los coágulos lejos, y exclamó con indecible rabia:
—Que la lamban los perros!
Luego se echó de bruces, y siguió arrastrándose hasta la tapera.
Entonces, los cimarrones coronaron la loma dispersos, a paso de fiera, alargando cuanto podían sus pescuezos de erizados pelos como para aspirar, mejor el fuerte vaho de los declives.