El Combate de la tapera

El Combate de la tapera

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Y arrastrándose siempre llegóse a él, se acostó a su lado, tomó alientos, volvióse a incorporar con un quejido, lo besó ruidosamente, apartóle las manos del pecho, cubrióle con las dos suyas la herida y quedóse contemplándole con fijeza, cual si observara cómo se le escapaba a él la vida y a ella también.

Nublábansele las pupilas al sargento, y Cata; sentía que dentro de ella aumentaba el estrago en las entrañas.

Giró en derredor la vista quebrada ya, casi exangüe, y pudo distinguir a pocos pasos una cabeza desgreñada que tenía los sesos volcados sobre los párpados a manera de horrible cabellera. El cuerpo estaba hundido entre las breñas.

—Ah!… Ciriaca! —exclamó con un hipo violento.

En seguida extendió los brazos, y cayó a plomo sobre Sanabria.

El cuerpo de este se estremeció; y apagóse de súbito el pálido brillo de sus ojos.

Quedaron formando cruz, acostados sobre la misma charca, que Canelón olfateaba de vez en cuando entre hondos lamentos.


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