Al final mueren los dos
Al final mueren los dos La noche cubrÃa la ciudad con su manto oscuro, y las luces de los edificios parpadeaban como un recordatorio de que el mundo seguÃa girando, ajeno al destino de Mateo y Rufus. Caminaban juntos, más despacio ahora, como si alargaran cada paso para robarle segundos al tiempo.
—Nunca pensé que mi último dÃa serÃa asà —confesó Mateo, mirando al cielo. —¿Y cómo lo imaginabas? —preguntó Rufus. —No lo sé... probablemente en mi cuarto, solo. Esto es mucho mejor.
Rufus sonrió. HabÃa algo en la sinceridad de Mateo que lo desarmaba. —¿Sabes qué es lo único bueno de todo esto? —dijo Rufus—. Que hoy estamos realmente vivos.
La frase quedó flotando en el aire mientras se dirigÃan al parque Hudson. Rufus habÃa insistido en llevar a Mateo a ver la ciudad desde un lugar especial, un rincón escondido donde el rÃo y las luces de los barcos parecÃan converger en perfecta armonÃa.
Cuando llegaron, el silencio fue interrumpido solo por el sonido del agua. Rufus se sentó en el borde del muelle y Mateo lo imitó, cruzando las piernas. —Siempre pensé que tendrÃa más tiempo —susurró Mateo. Rufus lo miró, con una expresión que mezclaba tristeza y determinación. —El tiempo nunca es suficiente. Pero no se trata de cuánto tengas, sino de cómo lo usas.
