Al final mueren los dos
Al final mueren los dos Rufus recorrió las estanterías mientras Mateo se quedaba junto a la puerta, observando todo como si fuera un mundo desconocido. De pronto, Rufus le lanzó un disco. —Tómalo. Es para ti. Los grandes éxitos de la vida.
—No puedo pagar esto —protestó Mateo. —No te preocupes, yo invito —respondió Rufus con una sonrisa. Pero antes de que Mateo pudiera agradecerle, Rufus añadió—: Si me equivoco y no muero hoy, puedes pagármelo después.
Salieron con el disco bajo el brazo y continuaron su recorrido. Rufus llevaba el ritmo, empujando a Mateo a probar cosas nuevas: un helado antes del desayuno, subirse al tren sin un destino claro, y hasta gritar en medio de una plaza concurrida.
—¡Hoy es nuestro último día, mundo! ¡Que les quede claro! —rugió Rufus. Mateo lo miró, incrédulo, antes de alzar la voz también. —¡Voy a vivir antes de morir!
Unos transeúntes los miraron como si estuvieran locos, pero a ellos no les importó. Por primera vez, Mateo sintió algo parecido a la libertad.
