La ratonera
La ratonera Paravicini, en cambio, se burla del miedo ajeno. —¡Qué hermoso espectáculo! Cada uno representando su papel... ¿O acaso alguno se ha olvidado de quién es en realidad?
Trotter lanza una acusación. Señala a Giles. Luego a Wren. Luego a todos. —El asesino juega con nosotros. Usa nuestros miedos, nuestras dudas. Pero no podrá esconderse para siempre.
Mollie, atrapada en el centro del laberinto, empieza a recordar cosas. Detalles sueltos. Rostros del pasado. Cartas olvidadas. Una sensación antigua: haber conocido a uno de esos niños...
—¿Y si yo fui parte del error? —susurra.
La tensión escala. El juego de los ratones ya no es una metáfora. Es un tablero. Y alguien mueve las piezas con precisión letal.
Solo falta que el cazador revele su rostro.
La casa entera respira miedo. Todos lo sienten: el asesino no solo sigue allÃ... está a punto de moverse otra vez.
El sargento Trotter, cada vez más intenso, propone una trampa. —Debemos recrear el momento del crimen. Obligarlo a actuar.
