¿Puede pensar una máquina?

¿Puede pensar una máquina?

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Pero todo esto es mera especulación. No me impresionan mucho los argumentos teológicos, aunque se utilicen como apoyo. A lo largo de la historia se ha comprobado cuánto dejan que desear. En tiempos de Galileo se argumentaba que las Sagradas Escrituras decían: «Y el sol se detuvo… y no fue hacia el ocaso durante casi un día» (Josué x.13) y que: «Él creó los fundamentos de la Tierra para que no se moviera» (Salmo cv. 5) como refutación convincente de la teoría copernicana. Con los conocimientos actuales estos argumentos resultan fútiles, pero en una época de escasos conocimientos científicos causaban muy distinta impresión.

2. La objeción del «avestruz»

«Las consecuencias de que las máquinas piensen serían horribles. Creamos y esperemos que no sea posible».

Este argumento rara vez se expone de forma tan abierta, pero afecta a la mayoría de quienes reflexionamos sobre ello. Nos gusta creer que el hombre es en algún modo superior al resto de la creación, y tanto mejor si podemos demostrar que es necesariamente superior, pues entonces no existe peligro de que pierda su posición dominante. La popularidad del argumento teológico está claramente vinculada a esta idea y cuenta con muchos adeptos entre los intelectuales, pues éstos aprecian más que otras personas el poder del pensamiento y se muestran más inclinados a basar su convencimiento de la superioridad del hombre en este poder.


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