El Amigo de la muerte

El Amigo de la muerte

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Vistióse, pues, una noche con su mejor ropa de caballero y tomó el camino de la casa del duque.

A la puerta había un coche de camino con cuatro mulas ya enganchadas.

Elena subía a él seguida de su padre.

—¡Gil! —exclamó dulcemente al ver al joven.

—¡Vamos! —gritó el duque al cochero, sin oír la voz de ella ni ver al antiguo paje de Rionuevo.

Las mulas partieron a escape.

El infeliz tendió los brazos hacia su adorada, sin tener ni aun tiempo para decirle ¡adiós!

—¡A ver! —gruñó el portero—, ¡hay que cerrar!

Gil volvió de su atolondramiento.

—¡Se van! —dijo.

—Sí, señor, ¡a Francia! —respondió el portero secamente, dándole con la puerta en los hocicos.

El expaje volvió a su casa más desesperado que nunca, desnudóse y guardó la ropa; se vistió lo peor que pudo; cortóse los cabellos; se afeitó un ligero bozo que ya le apuntaba, y al día siguiente tomó posesión de la desvencijada silla que Juan Gil ocupó durante cuarenta años entre hormas, cuchillas, leznas y cerote.

Así lo encontramos al empezar este cuento, que, como ya queda dicho, se titula El amigo de la Muerte.

II

Más servicios y méritos

Acababa el mes de junio de 1724.


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