El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —SÃ…, sÃ, voy al orden, pues ni mi historia ni la controversia pendiente se prestan a chanzas ni donaires. Juan, échame otro medio vaso… ¡Bueno está de verdad este vino! Conque atención y poneos serios, que ahora comienza lo luctuoso. Sucedió, como sabréis los que la conocisteis, que Joaquina murió de repente en los baños de Santa Ãgueda al fin del verano de 1859… Hallábame yo en Pau cuando me dieron tan triste noticia, que me afectó muy especialmente por la Ãntima amistad que me unÃa a Telesforo… A ella sólo le habÃa hablado una vez, en casa de su tÃa la generala López, y por cierto que aquella palidez azulada, propia de las personas que tienen una aneurisma, me pareció desde luego indicio de mala salud… Pero, en fin, la muchacha valÃa cualquier cosa por su distinción, hermosura y garbo; y como además era hija única de tÃtulo, y de tÃtulo que llevaba anejos algunos millones, conocà que mi buen matemático estarÃa inconsolable… Por consiguiente, no bien me hallé de regreso en Madrid, a los quince o veinte dÃas de su desgracia, fui a verlo una mañana muy temprano a su elegante habitación de mozo de casa abierta y de jefe de oficina, calle del Lobo… No recuerdo el número, pero sà que era muy cerca de la Carrera de San Jerónimo.