El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —Mucho me alegro de que hayas venido… Varias veces te he echado de menos en el estado en que me hallo… Ocúrreme una cosa muy particular y extraña, que sólo un amigo como tú podrÃa oÃr sin considerarme imbécil o loco, y acerca de la cual necesito oÃr alguna opinión serena y frÃa como la ciencia… Siéntate… —prosiguió diciendo, cuando hubimos llegado a su despacho—, y no temas en manera alguna que vaya a angustiarte describiéndote el dolor que me aflige, y que durará tanto como mi vida… ¿Para qué? ¡Tú te lo figurarás fácilmente a poco que entiendas de cuitas humanas, y yo no quiero ser consolado ni ahora, ni después, ni nunca! De lo que te voy a hablar con la detención que requiere el caso, o sea tomando el asunto desde su origen, es de una circunstancia horrenda y misteriosa que ha servido como de agüero infernal a esta desventura, y que tiene conturbado mi espÃritu hasta un extremo que te dará espanto…
—¡Habla! —respondà yo, comenzando a sentir, en efecto, no sé qué arrepentimiento de haber entrado en aquella casa, al ver la expresión de cobardÃa que se pintó en el rostro de mi amigo.
—Oye… —repuso él, enjugándose la sudorosa frente.