El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte Pero me excito demasiado, ¡aunque no sin motivo, como verás más adelante! Descuida, sin embargo, por el estado de mi razón… ¡TodavÃa no estoy loco!
Lo primero que me chocó en aquella que denominaré mujer fue su elevadÃsima talla y la anchura de sus descarnados hombros; luego, la redondez y fijeza de sus marchitos ojos de búho, la enormidad de su saliente nariz y la gran mella central de su dentadura, que convertÃa su boca en una especie de oscuro agujero, y, por último, su traje de mozuela de Lavapiés, el pañolito nuevo de algodón que llevaba a la cabeza, atado debajo de la barba, y un diminuto abanico abierto que tenÃa en la mano, y con el cual se cubrÃa, afectando pudor, el centro del talle.