El Amigo de la muerte

El Amigo de la muerte

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Iba nuestro joven a esconderse entre la multitud, cuando la otra dama se levantó el velo, y… ¡oh, ventura…! Gil Gil vio que era su adorada Elena, la dulce causa de sus acerbos pesares.

El pobre mozo dio un grito de frenética alegría y se adelantó hacia la beldad.

Elena lo reconoció al momento, y exclamó con igual ternura que dos años antes:

—¡Gil!

La condesa de Rionuevo apretó el brazo a la heredera de Monteclaro, y murmuró, volviéndose a Gil Gil:

—Te he dicho que estoy contenta con mi zapatero… ¡Yo no calzo de viejo!… Déjame en paz.

Gil Gil palideció como un difunto y cayó contra las losas del atrio.

Elena y la condesa penetraron en el templo.

Dos o tres estudiantes que presenciaron la escena se rieron a todo trapo, aunque no la entendieron completamente.

Gil Gil fue conducido a su casa.

Allí le esperaba otro golpe.

La vieja, que constituía toda su familia, había muerto de lo que se llama muerte senil.

Él cayó en cama con una fiebre cerebral muy intensa y estuvo, como quien dice, a las puertas de la muerte.


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