El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —Yo soy una débil mujer… —contestó diabólicamente—. ¡Usted me odia y me teme sin motivo!… Y si no, dÃgame usted, señor caballero: ¿por qué se asustó de aquel modo la primera vez que me vio?
—¡Porque la aborrezco a usted desde que nacÃ! ¡Porque es usted el demonio de mi vida!
—¿De modo que usted me conocÃa hace mucho tiempo? ¡Pues mira, hijo, yo también a ti!
—¡Usted me conocÃa! ¿Desde cuándo?
—¡Desde antes que nacieras! Y cuando te vi pasar junto a mà hace tres años, me dije a mà misma: «¡Éste es!».
—Pero ¿quién soy yo para usted? ¿Quién es usted para m�
—¡El demonio! —respondió la vieja escupiéndome en mitad de la cara, librándose de mis manos y echando a correr velocÃsimamente con las faldas levantadas hasta más arriba de las rodillas y sin que sus pies moviesen ruido alguno al tocar la tierra…
¡Locura intentar alcanzarla!… Además, por la Carrera de San Jerónimo pasaba ya alguna gente, y por la calle del Prado también. Era completamente de dÃa. La mujer alta siguió corriendo, o volando, hasta la calle de las Huertas, alumbrada ya por el sol; paróse allà a mirarme; amenazóme una y otra vez esgrimiendo el abaniquillo cerrado, y desapareció detrás de una esquina…