El Amigo de la muerte
El Amigo de la muerte —Os hago gracia, mis queridos amigos —continuó Gabriel—, de las reflexiones y argumentos que emplearÃa yo para ver de tranquilizar a Telesforo; pues son los mismos, mismÃsimos, que estáis vosotros preparando ahora para demostrarme que en mi historia no pasa nada sobrenatural o sobrehumano… Vosotros diréis que mi amigo estaba medio loco; que lo estuvo siempre; que, cuando menos, padecÃa la enfermedad moral llamada por unos terror pánico y por otros delirio emotivo; que, aun siendo verdad todo lo que referÃa acerca de la mujer alta, habrÃa que atribuirlo a coincidencias casuales de fechas y accidentes; y, en fin, que aquella pobre vieja podÃa también estar loca, o ser una ratera o una mendiga, o una zurcidora de voluntades, como se dijo a sà propio el héroe de mi cuento en un intervalo de lucidez y buen sentido…
—¡Admirable suposición! —exclamaron los camaradas de Gabriel en variedad de formas—. ¡Eso mismo Ãbamos a contestarte nosotros!
—Pues escuchad todavÃa unos momentos y veréis que yo me equivoqué entonces, como vosotros os equivocáis ahora. ¡El que desgraciadamente no se equivocó nunca fue Telesforo! ¡Ah! ¡Es mucho más fácil pronunciar la palabra locura que hallar explicación a ciertas cosas que pasan en la tierra!
—¡Habla! ¡Habla!