El Capitán Veneno
El Capitán Veneno —Tiene V., señora Condesa, la mala fortuna de albergar en su casa a uno de los hombres más enrevesados e inconvenientes que Dios ha echado al mundo. No diré yo que me parezca enteramente un demonio; pero sà que se necesita ser de pasta de ángeles, o quererlo, como yo lo quiero, por ley natural y por lástima, para aguantar sus impertinencias, ferocidades y locuras. ¡Bástele a V. saber que las gentes disipadas y poco asustadizas con quienes se reúne en el Casino y en los cafés, le han puesto por mote Capitán Veneno, al ver que siempre está hecho un basilisco y dispuesto a romperse la crisma con todo bicho viviente por quÃtame allá esas pajas! Úrgeme, sin embargo, advertir a V., para su tranquilidad personal y la fe de su familia, que es casto y hombre de honor y vergüenza, no sólo incapaz de ofender el pudor de ninguna señora, sino excesivamente huraño y esquivo con el bello sexo. Digo más: en medio de su perpetua iracundia, todavÃa no ha hecho verdadero daño a nadie, como no sea a sà propio, y por lo que a mà me toca, ya habrá V. visto que me trata con el acatamiento y el cariño debidos a una especie de hermano mayor o segundo padre… Pero, aun asà y todo, repito que es imposible vivir a su lado, según lo demuestra el hecho elocuentÃsimo de que, hallándonos él soltero y yo viudo, y careciendo el uno y el otro de más parientes, arrimos o presuntos y eventuales herederos, no habite en mi demasiado anchurosa casa, como habitarÃa el muy necio si lo deseare; pues yo, por naturaleza y educación, soy muy sufrido, tolerante y complaciente con las personas que respetan mis gustos, hábitos, ideas, horas, sitios y aficiones. Esta misma blandura de mi carácter es a todas luces lo que nos hace incompatibles en la vida Ãntima, según han demostrado ya diferentes ensayos; pues a él le exasperan las formas suaves y corteses, las escenas tiernas y cariñosas, y todo lo que no sea rudo, áspero, sin nodriza… —Su madre murió al darlo a luz, y su padre, por no lidiar con amas de leche, le buscó una cabra… por lo visto montés, que se encargase de amamantarlo—. Se educó en colegios, como interno, desde el punto y hora en que le destetaron; pues su padre, mi pobre tÃo Rodrigo, se suicidó al poco tiempo de enviudar. Apuntóle el bozo haciendo la guerra de América, entre salvajes, y allà vino a tomar parte en nuestra discordia civil de los siete años. Ya serÃa general, si no hubiese reñido con todos sus superiores desde que le pusieron los cordones de cadete, y los pocos grados y empleos que ha obtenido hasta ahora, le han costado prodigios de valor y no sé cuantas heridas; sin lo cual no habrÃa sido propuesto para recompensa por sus jefes, siempre enemistados con él a causa de las amargas verdades que acostumbra a decirles. Ha estado en arresto diez y seis veces, y cuatro en diferentes castillos; todas ellas por insubordinación. ¡Lo que nunca ha hecho ha sido pronunciarse! Desde que se acabó la guerra, se halla constantemente de reemplazo; pues, si bien he logrado, en mis épocas de favor polÃtico, proporcionarle tal o cual colocación en oficinas militares, regimientos, etc., a las veinticuatro horas ha vuelto a ser enviado a su casa. Dos ministros de la Guerra han sido desafiados por él, y no le han fusilado todavÃa, por respeto a mi nombre y a su indisputable valor. Sin embargo de todos esos horrores, y en vista de que habÃa jugado al tute, en el pÃcaro Casino del PrÃncipe, su escaso caudal, y de que la paga de reemplazo no le bastaba para vivir con arreglo a su clase, ocurrióseme, hace siete años la peregrina idea de nombrarle contador de mi casa y hacienda, rápidamente desvinculadas por la sucesiva de los tres últimos poseedores —mi padre y mis hermanos Alfonso y Enrique—, y muy decaÃdas y arruinadas a consecuencia de estos mismos frecuentes cambios de dueño. ¡La Providencia me inspiró sin duda alguna pensamiento tan atrevido! Desde aquel dÃa mis asuntos entraron en orden y prosperidad: antiguos e infieles administradores perdieron su puesto o se convirtieron en santos, y al año siguiente se habÃan duplicado mis rentas, casi cuadruplicadas en la actualidad, por el desarrollo que Jorge ha dado a la ganaderÃa… ¡Puedo decir que hoy tengo los mejores carneros del Bajo Aragón, y todos están a la orden de V.! Para realizar tales prodigios, hale bastado a ese tronera con una visita que giró a caballo por todos mis estados —llevando en la mano el sable a guisa de bastón—, y con una hora que va cada dÃa a las oficinas de mi casa. Devenga allà un sueldo de treinta mil reales; y no le doy más porque todo lo que le sobra, después de comer y vestir, únicas necesidades que tiene —y esas con sobriedad y modestia—, lo pierde al tute el último dÃa de cada mes… De su paga de reemplazo no hablemos, dado que siempre está afecta a las costas de alguna sumaria por desacato a la autoridad… En fin: a pesar de todo, yo le amo y compadezco como a un mal hijo…, y, no habiendo logrado tenerlos buenos ni malos en mis tres nupcias, y debiendo de ir a parar a él, por ministerio de la ley, mi tÃtulo nobiliario, pienso dejarle todo mi saneado caudal; cosa que el muy necio no se imagina, y que Dios me libre de que llegue a saber; pues, de saberlo, dimitirÃa su cargo de Contador, o tratarÃa de arruinarme, para que nunca le juzgara interesado personalmente en mis aumentos. ¡Creerá, sin duda, el desdichado, fundándose en apariencias y murmuraciones calumniosas, que pienso testar en favor de cierta sobrina de mi última consorte; y yo le dejo en su equivocación, por las razones antedichas!… ¡Figúrese V., pues, su chasco el dÃa que herede mis nueve milloncejos! ¡Y qué ruido meterá con ellos en el mundo! ¡Tengo la seguridad de que, a los tres meses, o es Presidente del Consejo de Ministros o Ministro de la Guerra o lo ha pasado por las armas el general Narváez! Mi mayor gusto hubiera sido casarlo, a ver si el matrimonio lo amansaba y domesticaba, y yo le debÃa, lateralmente, más dilatadas esperanzas de sucesión para un tÃtulo de Marqués, pero ni Jorge puede enamorarse, ni lo confesarÃa aunque se enamorara, ni ninguna mujer podrÃa vivir con semejante erizo…