El Capitán Veneno
El Capitán Veneno Aquel lujoso mueble era toda una obra maestra, excogitada y dirigida por el minucioso aristócrata: estaba provisto de grandes ruedas que facilitarÃan la conducción del enfermo de una parte a otra, y articulado por medio de muchos resortes, que permitÃan darle forma, ora de lecho militar, ora de butaca más o menos trepada, con apoyo, en este último caso, para extender la pierna derecha, y con su mesilla, su atril, su pupitre, su espejo y otros adminÃculos de quita y pon, admirablemente acondicionados. A las señoras les mandó, como todos los dÃas, delicadÃsimos ramos de flores, y además, por extraordinario, un gran ramillete de dulces y doce botellas de champagne, para que celebrasen la mejorÃa de su huésped. Regaló un hermoso reloj al médico y veinticinco duros a la criada, y con todo ello se pasó en aquella casa un verdadero dÃa de fiesta, a pesar de que la respetable guipuzcoana estaba cada vez peor de salud.
Las tres mujeres se disputaron la dicha de pasear al Capitán Veneno en el sillón-cama; bebieron Champagne y comieron dulces, asà los enfermos como los sanos, y aun el representante de la medicina: el Marqués pronunció un largo discurso en favor de la institución del matrimonio, y el mismo D. Jorge se dignó reÃr dos o tres veces, haciendo burla de su pacientÃsimo primo, y cantar en público —o sea delante de Angustias— algunas coplas de jota aragonesa.