Bajo las lilas
Bajo las lilas A las seis menos cinco en punto los invitados llegaron de gran gala. Bah y Betty lucían sus mejores vestidos y llevaban cintas en el cabello. Ben se había puesto zapatos y blusa azul nueva, como si vistiera de etiqueta, y a Sancho le habían cepillado prolijamente de modo que su pelo brillaba.
Nadie los esperaba aún, pero la mesita enana ya estaba colocada en medio del sendero con cuatro sillas y un banquito alrededor. El hermoso juego blanco y verde de porcelana china provocó la admiración de las niñas que miraron embelesadas las tazas y platos, en tanto que Ben observaba todo con ansiedad y Sancho debía dominarse para no repetir su primera hazaña. No era extraño que el perro levantara el hocico para olfatear ni que los niños sonrieran, pues delante de ellos había un gran despliegue de postres, bizcochos y emparedados, una bonita lechera en forma de cala blanca parecía emerger de sus verdes hojas, y una graciosa y sonora tetera colocada sobre un pequeño calentador, cantaba alegremente.
—¡Qué hermoso es todo esto!… —murmuró Betty, quien jamás había visto nada semejante.
—Quisiera que Sally nos viese ahora —comentó Bab, que no olvidaba a su rival.
—Y yo desearía saber dónde está el niño —agregó Ben, cuyo corazón rebosaba bondad y amor, aunque trataba de disimularlo, temeroso de lo que los demás pudieran pensar de él.
