Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Pero Ben se cubrió la cara con ambas manos y sollozó con renovado dolor.

—Usted no podrá consolarme. Usted no conoció a mi padre. ¡Oh, papá!… ¡Padrecito mío!… Si pudiera verte siquiera una vez más…

Nadie podía satisfacer aquella súplica, pero la señorita Celia encontró la manera de tranquilizar al pequeño. Una música muy dulce y muy suave que parecía venir desde el interior de la casa flotó sobre el ambiente. El niño, casi instintivamente, dejó de llorar y se puso a escuchar. Lágrimas menos amargas rodaron entonces por sus mejillas, sentía que su pena se suavizaba y que la sensación de soledad se hacía menos terrible. Algún día él iría a aquel país lejano, más hermoso que la dorada California, a reunirse con su papá…

Nadie podría decir cuánto tiempo estuvo al piano la señorita Celia. Cuando ella se deslizó fuera para ver si Ben estaba aún allí, descubrió que otros buenos amigos habían acogido cariñosamente al niño en su seno. El viento que susurraba entre las lilas le había cantado una suave canción de cuna, y la bondadosa cara de la luna enviaba sus rayos a través del verde arco de las hojas para que besaran y cerrarán los párpados del niño. Y el fiel Sancho permanecía inmóvil junto a su pequeño amo, quien con la cabeza apoyada sobre el brazo dormía profundamente, soñando, feliz, que «papá había vuelto a buscarlo…»


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