Bajo las lilas
Bajo las lilas —¡Las clases han concluido!
—¡Ahora podremos jugar!…
Así cantaban Bab y Betty al regresar a su casa aquel último día de junio, al mismo tiempo que cerraban los libros como si no fueran a abrirlos nunca más.
La maestra, agotada, les había dado ocho semanas de vacaciones que ella aprovecharía para descansar. Se cerró la escuelita, las lecciones tocaron a su fin, las vacaciones comenzaron finalmente. La tranquila ciudad se llenó súbitamente de niños tan bulliciosos que las madres comenzaron a pensar cómo aquietarlos e impedirles cometer peligrosas travesuras, en tanto que los padres, siempre prácticos, se las, ingeniaban para utilizar esas pequeñas manos ociosas y las ponían a juntar bayas o a rastrillar el heno, mientras los ancianos, no obstante amar mucho a los niños, bendecían secretamente al inventor de las escuelas.
Lo primero que hicieron las niñas fue planear y realizar «pic-nics» y pronto los campos, sobre los que esparcían sus sombreros, parecieron cubrirse de grandes hongos, y las colinas florecieron por doquier, como si los vestidos de alegres colores fueran flores que se iban de paseo; y los bosques se llenaron de pájaros sin plumas que piaban tan alegremente como los tordos, los petirrojos y los reyezuelos.
