Bajo las lilas
Bajo las lilas Olvidando las preocupaciones, el grupo de chiquillos bajó corriendo la loma seguido por el inquieto perro que saltaba alrededor de ellos, y poco después pudieron ver de cerca la gran carpa del circo. Pero como ya la gente comenzaba a entrar, no pudieron demorarse mucho en la puerta de acceso.
Ben tuvo de inmediato la sensación de que pisaba terreno conocido, y con tal indiferencia y tranquilidad arrojo su dólar en la taquilla, recogió el vuelto y echo luego a andar en dirección a la puerta de entrada con las manos en los bolsillos, que hasta el grandote de Sam domino su impaciencia y siguió humildemente al cabecilla que los conducía de un linar a otro como si fuera el dueño de todo aquello y tuviera que hacerle los honores a sus invitados. Bab, que se había asido fuertemente a los faldones de la chaqueta de su amigo, miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos y escuchaba profiriendo grandes exclamaciones de asombro y alegría al oír el rugido de los tigres y los leones, el chillido de los monos, los quejidos de los camellos y la música de la banda ubicada en el alto palco rojo.
