Bajo las lilas
Bajo las lilas —¡Oh!… ¡Vamos!… ¡No te pongas asÃ!… Si vive aún lo encontraremos, y si no, yo te conseguiré otro tan bueno como él —prometió Thorny, dándole un amistoso golpecito en el hombro, mientras Ben se sentaba entre las plantas de habas por donde habÃa estado carpiendo la tierra.
—¡Como si hubiera algún otro perro que se pudiera comparar con él, aunque sea medianamente!… —exclamó Ben indignado—. O como si y o fuera capaz de reemplazarlo por otro perro por más hermoso que sea y por bien que mueva la cola!… ¡No, señor!… ¡Hay un solo Sancho en el mundo, y si ése no vuelve, yo no quiero ningún otro perro!…
—Busca otro animal, entonces. Elige el que prefieras. Te celo uno de los mÃos. Allà tienes los pavos reales… ofreció Thorny lleno de infantil simpatÃa y buenos propósitos hacia su amigo.
—Son muy hermosos, pero yo no los quiero. Gracias —replicó el triste niño.
—Entonces toma un conejo. Tómalos todos…
—Eso era un importante ofrecimiento, pues habÃa, por lo menos, una docena de conejitos.
—No son fieles como los perros y sólo se ocupan de escarbar entre los desperdicios y rumiar todo el dÃa. Me disgustan los conejos…