Bajo las lilas

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CAPÍTULO 20

Un grandioso despliegue de banderas y gallardetes se movían agitados por la brisa aquella mañana de septiembre, día en que Ben cumplía sus trece años. Algo extraño parecía haber invadido la vieja casa, pues estandartes de toda forma y tamaño, color y diseño se agitaban desde el interior hasta la galería, desde el «porch» hasta la puerta de entrada, con lo cual, ese lugar tan apacible, parecía una carpa de circo: lo que más deseaba Ben y lo que más feliz le hacía.

Los muchachos se habían levantado muy temprano para preparar todo, y la brisa matutina hacía hacer extrañas contorsiones a los pendones a medida que los iban colgando. El león alado de Venecia parecía querer volar a su tierra; el dragón chino blandía su doble cola como si quisiese apoderarse del pavo real birmano; el águila rusa de doble cabeza picoteaba con uno de sus picos a la media luna turca, mientras otros parecían gritar a la efigie real inglesa que se acercara. En el apuro de izar los pabellones, el elefante siamés quedó cabeza abajo, y se movía graciosamente sobre su cabeza, con la estrella y banda moviéndose sobre él. Una gran bandera con un arpa y un manojo de trébol colgaba de la puerta de la cocina y Katy, la cocinera, les sirvió el desayuno cantando «El día de San Patricio por la mañana».


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