Bajo las lilas
Bajo las lilas A los juegos siguió una comida servida sobre el césped y más tarde, hacia el atardecer, se condujo a la gente menuda a la cochera transformada en improvisado teatro. Al abrirse la enorme puerta se vieron los asientos acomodados a lo largo frente a dos grandes manteles que hacían de telón. Una hilera de lámparas eran las candilejas y una orquesta invisible ejecutaba una obertura wagneriana con peines, trompetas, tambores y flautas y acompañamiento de risas ahogadas.
Muchos de aquellos niños no habían visto jamás una cosa parecida y luego de sentarse paseaban en derredor sus ojos agrandados por el asombro. Pero los mayores criticaban con toda libertad y opinaban acerca de los ruidos que se oían tras de las cortinas.
Mientras la maestra se encargaba de vestir a las actrices para la representación, la señorita Celia y Thorny, viejos expertos en esta clase de diversiones, hicieron ejecutar a sus títeres una pantomima llamada «La papa» como número de relleno.
