Bajo las lilas
Bajo las lilas —Confieso que no los habrÃa reconocido —exclamó la buena mujer observando satisfecha al muchacho; pues aunque el niño estaba muy delgado y pálido, tenÃa un aspecto agradable y el traje, no obstante ser holgado, le sentaba bien. Los alegres ojos negros lo miraban todo, la voz tenÃa un acento sincero y la tostada carita parecÃa más infantil al desaparecer la expresión de desconsuelo que la ensombrecÃa.
—Son ustedes muy buenas, y Sancho y yo les estamos muy agradecidos, señora —murmuró Ben, turbado y ruborizándose bajo la mirada cariñosa de los tres pares de ojos que estaban fijos en él.
Bab y Betty limpiaban la vajilla del té con desusada presteza, pues querÃan estar libres para poder atender al huésped, y en el momento en que Ben hablaba Bab dejó caer una taza. Para gran sorpresa suya no golpeó contra el suelo, pues el muchacho, inclinándose rápidamente, la recogió en el aire, y se la ofreció sobre, la palma de la mano haciéndole una ligera reverencia.
—¡Cielos!… ¿Cómo lo hiciste? —preguntó Bah, a quien aquello le pareció cosa de magia.