Bajo las lilas

Bajo las lilas

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—¡Ya lo creo!… —y Ben se encogió de hombros como si considerase ridículo que le hiciesen esa pregunta a él que había conducido a cuatro «ponnies» que arrastraban una carroza dorada.

—No será un trabajo tan interesante como el de montar elefantes o jugar con osos, pero será una tarea honrada y te resultará más agradable azotar a Brindle y a Butter que recibir tú los azotes —declaró la señora Moss acercando al niño su rostro sonriente.

—¡Oh, sí!… —murmuró Ben con súbita humildad al recordar los malos tratos de que fuera víctima y que le obligaran a huir.

Poco después le enviaron a dormir a una pequeña pieza, y a Sancho junto con él para que lo cuidara. A ambos les resultó difícil conciliar el sueño debido al ruido que hacían las niñas en el piso superior. Bab insistía en que era un oso y que iba a devorar a la pobre Betty a despecho de los lamentos de ésta. Pero la madre pronto puso fin al alboroto amenazando enviar lejos a Ben y a su perro si no se quedan quietas como dos gatitos.

Ellas prometieron obedecer y casi en seguida estaban soñando con carrozas doradas y grandes carruajes, con muchachos fugitivos, cestas que desaparecían, perros danzarines y tazas voladoras.


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