Detras de la mascara
Detras de la mascara Lady Coventry
Cuando la emoción de la visita de Edward se hubo apaciguado, y antes de que pudieran preguntarle el motivo de su inesperada visita, les contó que después de la cena verían gratificada su curiosidad. Mientras tanto, les pidió que dejaran sola a la señorita Muir, puesto que había recibido malas noticias y deseaba estar tranquila. La familia contuvo, con enorme dificultad, las ganas de cotillear, y esperaron con impaciencia. Gerald confesó su amor por Jean y pidió perdón a su hermano por haber traicionado su confianza. Esperó una reacción desenfrenada, pero Edward sólo le miró con ojos compasivos y dijo con tristeza:
—¡Tú también! No quiero hacerte ningún reproche, porque sé que sufrirás cuando se destape la verdad.
—¿A qué te refieres? —pidió Coventry.
—Muy pronto lo sabrás, mi pobre Gerald, y los dos nos compadeceremos.
Edward no soltó prenda hasta que terminó la cena, los criados se retiraron y toda la familia se reunió a solas. El joven adoptó una expresión pálida y severa, pero no perdió los nervios, ya que sus últimas experiencias le habían convertido en un hombre de mundo. Sacó un fajo de cartas y dijo, dirigiéndose a su hermano:
