Hombrecitos
Hombrecitos —Señora, ¿puedo hablar con usted un momento, de algo muy importante? —preguntó Nat, asomando la cabeza a la puerta de la habitación de mamá Bhaer.
La tÃa Jo levantó los ojos y contestó afablemente:
—¿Qué quieres, hijo mÃo…?
Nat entró, cerró la puerta y exclamó:
—Dan ha llegado.
—¿Quién es Dan…?
—Un niño a quien conocà siendo yo músico ambulante; él vendÃa periódicos y me trataba con afecto; lo encontré en la ciudad, le dije lo bien que aquà me hallaba, y se ha venido.
—Pronto ha deseado visitarte.
—No viene de visita; viene a vivir aquÃ, si usted quiere.
—No sé quién es, ni tengo antecedentes de él.
—Pensé que a usted le agradaba recoger a los niños pobres y tratarlos con el cariño con que me trata a mà —observó Nat, sorprendido y algo alarmado.
—SÃ, pero antes necesito informarme y escoger, porque no dispongo, y lo siento, de casa para todos.
—No sabÃa nada de eso, y por eso lo invité; pero, si no hay habitación, tendrá que marcharse —murmuró Nat tristemente.
