Hombrecitos
Hombrecitos —¿Tocas el violÃn? —exclamó admiradÃsimo, Tommy—. Papá Bhaer tiene un violÃn viejo y te lo prestará.
—¿SÃ…? ¡Cuánto me alegro! Yo me ganaba la vida yendo por las calles tocando el violÃn, con mi padre y con otro hombre… Mi padre murió…
—¿Hablas de veras?
—SÃ; ¡era horrible! He pasado mucho frÃo en invierno y mucho calor en verano; he comido casi siempre poco, y, a veces, cuando me cansaba de andar, me reñÃan… —Nat se detuvo para morder una galleta, como para cerciorarse de que los malos tiempos ya habÃan pasado. Luego añadió, tristemente—: ¡Yo querÃa muchÃsimo a mi violÃn y lo echo mucho de menos! Nicolás me lo quitó cuando murió mi padre.
—Bueno, pues si quieres, serás de nuestra orquesta.
—¿Tienen orquesta…?
—Una orquesta magnÃfica; todos los músicos son niños, pero… ¡hay que oÃr los conciertos…! Ya verás lo que sucede mañana por la noche.
La señora Bhaer no habÃa perdido palabra del diálogo, aunque aparentaba dedicarse a servir a los comensales y a cuidar de Teddy; éste se habÃa ido durmiendo, en tal forma que casi se metió la cuchara por un ojo, cabeceó y por fin se dedicó a roncar con la carita sobre el mantel.