Hombrecitos
Hombrecitos Durante una semana, Dan sólo pudo moverse del lecho para ir al sofá. Así pasaron ocho días, y, al cabo, oyó satisfecho al médico que decía en la mañana siguiente del sábado:
—Este pie se va curando con más rapidez de la que supuse; den ustedes al enfermo una muleta y permítanle que esta tarde ande un rato por la casa.
—¡Bravo! ¡Bravo! —gritó Nat, corriendo alborozado a transmitir la noticia a los compañeros.
Todos se alegraron, y, al terminar de comer, fueron a ver a Dan hacer pinitos por el salón antes de asomarse a la puerta de casa. El muchacho sentíase cada vez más animado y más agradecido por el afectuoso interés que le demostraban; los niños lo felicitaron cordialmente; las niñas sentáronse junto a él, y Teddy lo contemplaba con cariñosa protección.
Tranquilamente hallábanse sentados todos a la puerta, cuando vieron un carruaje detenerse ante la cancela del jardín; luego vieron agitarse un sombrero, y, de repente, Rob, voceando: «¡El tío Teddy! ¡Aquí está el tío Teddy…!» empezó a correr, tropezando y cayendo, con toda la velocidad que le permitían sus piernecitas. Los demás chicos, excepto Dan, brincaron presurosos tras de Rob, para ver quién era el primero que abría la portezuela, y en un momento el carruaje se halló rodeado por un verdadero enjambre de pequeñuelos saludando al tío Teddy y a su hijita.
