Hombrecitos

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CAPÍTULO 20

Con los primeros fríos de octubre llegaron las alegres fogatas en las grandes chimeneas, y comenzaron a arder las astillas acarreadas por Medio-Brooke, y a chisporrotear los troncos de encina que Dan cortara a hachazos. Todo era júbilo junto al fuego, y las veladas pasaban jugando, leyendo y trazando planes para el invierno. La diversión favorita era contar y oír cuentos. Papá y mamá Bhaer tenían abundante provisión, pero cuando ésta se agotaba, los muchachos procuraban suplir la falta con recursos propios, que no siempre alcanzaban buen éxito.

Una noche, mientras los más pequeños descansaban abrigaditos en sus cunas, los mayores, junto a la chimenea, discutían qué hacer.

Medio-Brooke, empuñando la escobilla de la chimenea, y gritando: «¡De frente!», formó a sus compañeros y les dijo:

—Tienen dos minutos para proponer a qué jugamos.

Los muchachos reflexionaron; Emil y Franz continuaron sentados; el primero leía la Vida de Lord Nelson, y el segundo estaba escribiendo.

—¿A qué jugamos, Tommy? —preguntó Medio-Brooke apoyando la escobilla en la cabeza del interrogado.

—¡Ala gallina ciega!

—¿A qué jugamos, Zampabollos…?

—A comer manzanas asadas, castañas y nueces.


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