Hombrecitos
Hombrecitos Cuando Nat entró en la escuela, el lunes por la mañana, tembló al pensar que tendría que mostrar su ignorancia ante todos. Pero el señor Bhaer lo colocó en el hueco de una ventana y allí, de espaldas a los alumnos, Franz le dio las primeras lecciones y nadie escuchó los desatinos del muchacho ni vio los garabatos que hizo en el cuaderno de escritura. Nat agradeció eso tan de veras y se afanó tanto, que el profesor, viéndolo colorado y con los dedos llenos de tinta, le dijo sonriente:
—No te esfuerces, hijo mío; vas a fatigarte y tienes tiempo sobrado para aprender.
—Pero yo debo trabajar mucho, o no alcanzaré a los demás. Aquí todos saben, y yo no sé nada —exclamó Nat, medio desesperado oyendo a los condiscípulos recitar, con facilidad y exactitud que juzgaba asombrosas, lecciones de gramática, de historia y de geografía.
—Tú sabes otras muchas cosas buenas que ellos ignoran —contestó el señor Bhaer, sentándose al lado del niño, cuando Franz lo condujo a otra aula, para que penetrase en el intrincado laberinto de las tablas de multiplicar.
—¿Yo? —interrogó, con incredulidad, Nat.
