Los Muchachos de Jo
Los Muchachos de Jo Llevaba cuatro dÃas sin probar alimento alguno y sin beber otra cosa que unos sorbos de agua de lluvia.
Aún asÃ, se excusó:
―No es nada. Un ligero desfallecimiento.
Fue llevado a un camarote y acostado, casi a la fuerza en una litera y revisado debidamente por el médico de a bordo.
―Estoy bien, doctor, no es nada. ¿Y los demás?
―Los he visto a todos. Tienen gran agotamiento, pero nada grave. El capitán Hardy, en cuanto se reponga de los efectos de la fiebre, tendrá que batallar con unas heridas de segundo grado. Pero estoy seguro que no habrá complicaciones.
―¡Menos mal! ¡Ah! Oiga, doctor. He perdido la noción del tiempo. ¿Qué dÃa es hoy?
―Es el dÃa de Acción de Gracias, muchacho. Lo celebraremos con un almuerzo al estilo de Nueva Inglaterra. Le va a sentar bien después de estos dÃas, ¿eh?
Cuando el doctor le dejó solo, Emil dejó volar el pensamiento.
El DÃa de Gracias; ningún otro mejor que éste para agradecer al Creador el don de la vida y la dicha de vivirla, especialmente después de haber pasado por tales adversidades.
Pensando asÃ, Emil, el jovial y alegre marino, el muchacho siempre dispuesto a entonar una canción o bromear con una joven, elevó mentalmente una oración: