Los Muchachos de Jo
Los Muchachos de Jo El monólogo de Meg, pues ella era la campesina de la obra, tenía una gran humanidad. Habló de su hijo Sam, empeñado en alistarse en el ejército, de su nietecita Dolly, que soñaba con los placeres y comodidades de la ciudad, y con el nietecito, que su desgraciada hija Elisa le había confiado antes de morir.
En la estancia entró entonces un hombre, desaliñado, de repulsivo aspecto, que reclamó el niño a la campesina, como padre del mismo. Todos los espectadores que conocían a la señora Meg, y su dulzura y suavidad, quedaron maravillados de la briosa reacción que tuvo en la escena. En su papel se negó a entregar el niño que su hija le había confiado. El malvado amenazó, insultó y, ante su resistencia, trató de apoderarse por la fuerza de la criatura.
La brava abuela se le enfrentó, llegándole a golpear con el atizador del fuego, y el acto terminó con la campesina teniendo a su nieto en brazos, asustado y llorando de verdad, mientras el mal padre quedaba acobardado ante su valerosa defensa.
Los aplausos fueron sinceros y duraderos.