Los Muchachos de Jo
Los Muchachos de Jo ―Dale aquella toquilla roja. Y ¡por favor, Mary! DesearÃa trabajar. ¡Por favor!
Una vez más se presentó Mary.
―¡Señora, señora! Se ha metido un hombre en casa. Tiene un aspecto muy sospechoso. Le he dicho que usted no recibÃa a nadie y ha dicho que no se irÃa sin verla.
―¡Eso ya pasa de la raya! Por la fuerza no debemos someternos. Ahora bajo para tratar debidamente a ese impertinente ―exclamó Jo, ya decididamente enfadada.
Mary siguió a Jo, sofocada e indignada, pero deseosa de ver otra vez a aquel hombre misterioso, que a pesar de su aspecto desaliñado parecÃa muy interesante.
―Ha dicho que si no le recibÃa, lo iba usted a lamentar.
―Además, con amenazas, ¿eh? ¡Vamos, pues!
Súbitamente sonó una voz. Grave, firme, segura, y con un tonillo burlón.
―¿Y no es cierto que lo sentirÃa usted?
Jo quedó un segundo paralizada por la emoción. Luego bajó corriendo los escalones que faltaban y se abalanzó sobre el desconocido para abrazarle afectuosamente. Mary lo veÃa sin creerlo.
―¡Dan, Dan! ¡Hijo de mi alma! ¡Qué sorpresa! ¿De dónde sales ahora?