Mujercitas
Mujercitas —Lo lamento. ¿Con qué se distrae usted?
—Con nada. Esto es tan aburrido como una tumba.
—¿No lee?
—Casi nada, no me lo permiten.
—¿Y no puede alguien leerle en voz alta?
—Mi abuelo lo hace a veces, pero mis libros no le interesan, y no me gusta tener que pedirle siempre a Brooke que me lea.
—Entonces, invite a alguien para que le haga compañÃa.
—No me apetece ver a nadie. Los muchachos alborotan demasiado y a mà me duele la cabeza.
—¿No conoce a ninguna muchacha amable dispuesta a leer en voz alta y conversar un rato? Las mujeres somos más tranquilas y, por lo general, nos gusta hacer de enfermeras.
—No conozco a ninguna.
—¿Qué hay de mÃ? —Jo se echó a reÃr, pero paró de inmediato.
—¡Claro, es cierto! ¿Me harÃa el favor de venir a hacerme compañÃa? —preguntó Laurie.
—No me considero un ejemplo de muchacha tranquila y amable pero, si mi madre lo aprueba, iré a visitarle. Voy a pedirle permiso. Ahora, pórtese bien, cierre la ventana y espere a que vuelva.