Mujercitas
Mujercitas Laurie se puso colorado pero contestó con franqueza:
—Bueno, verá, a menudo las oigo llamarse las unas a las otras y cuando estoy aquÃ, solo, no puedo evitar mirar hacia su casa. Parece que siempre se lo pasan en grande. Le ruego que disculpe mi mala educación, pero a veces olvidan correr las cortinas de la ventana en la que están las flores y, cuando encienden las luces y veo el fuego de la chimenea y a todas sentadas alrededor de la mesa, me parece estar contemplando un cuadro. Su madre queda justo enfrente y tiene un aspecto tan dulce con las flores de fondo que no puedo evitar mirarla. Yo no tengo madre, sabe usted. —Laurie atizó el fuego para ocultar el temblor de sus labios, que no podÃa controlar.
A Jo, la soledad y la tristeza que reflejaban los ojos del muchacho le llegaron al alma. La joven habÃa recibido una educación tan sana que no tenÃa prejuicio alguno y, a pesar de sus quince años, era tan inocente y sincera como una niña. Laurie estaba enfermo y se sentÃa solo y, consciente de ser rica en afecto y felicidad, se propuso compartirlos con él. Asà pues, con una expresión amable en su rostro moreno y una dulzura desacostumbrada en la voz, elijo: