Mujercitas
Mujercitas —Puesto que le gustan tanto los libros, venga conmigo abajo y eche un vistazo a nuestra biblioteca. Mi abuelo ha salido, asà que no tiene nada que temer —propuso Laurie, levantándose.
—A mà no me asusta nada —repuso Jo meneando la cabeza.
—¡La creo! —afirmó el joven mirándola con admiración, aunque para sus adentros se decÃa que habÃa motivos para temer al anciano, sobre todo cuando estaba de mal humor.
En la casa habÃa un ambiente estival. Laurie la condujo por varias habitaciones deteniéndose para que la joven observase aquello que le llamaba la atención, hasta que al fin llegaron a la biblioteca, donde Jo aplaudió encantada y dio unos saltitos, como solÃa hacer siempre que algo la entusiasmaba. Estaba repleta de libros, habÃa cuadros, esculturas y unos armarios llenos de monedas y curiosidades; butacas, mesitas curiosas y figuras de bronce, pero lo mejor de todo era la chimenea, con el hogar abierto, rodeado de hermosos azulejos.
—¡Qué riqueza! —Jo se dejó caer con un suspiro en una gran butaca tapizada de terciopelo y miró maravillada alrededor—. Theodore Laurence, deberÃa sentirse el joven más afortunado del mundo —añadió muy impresionada.