Mujercitas
Mujercitas —¡Tienes razón! Está bien, estoy contenta y no me quejaré más. Parece que cuanto más nos dan, más queremos, ¿no? Bueno, ya está todo listo y guardado, salvo el vestido de fiesta, que lo reservo para mamá —observó Meg, que, más animada, miró el baúl medio vacÃo y el vestido de tarlatana blanco, infinitas veces planchado y cosido, al que se referÃa como «vestido de fiesta» con aire importante.
Al dÃa siguiente hizo buen tiempo y Meg partió, radiante, a vivir dos semanas de novedades y placeres. La señora March habÃa dudado si dejarla ir, porque temÃa que Margaret volviese a casa todavÃa más inconforme con la suerte de la familia. Sin embargo, la joven habÃa insistido mucho y Sallie se habÃa comprometido a cuidar bien de ella. Además, después de trabajar todo el invierno, era justo que disfrutase un poco. Asà pues, la madre cedió y Meg se dispuso a conocer de primera mano el sabor de una vida acomodada.