Mujercitas
Mujercitas —¡Qué gracia! ¿De quién pueden ser? No sabÃamos que tuvieses un enamorado —exclamaron las muchachas revoloteando alrededor de Meg, sorprendidas y muertas de curiosidad.
—La tarjeta es de mi madre y las flores las envÃa Laurie —se limitó a explicar Meg, feliz al ver que su vecino se habÃa acordado de ella.
—¡Vaya! —exclamó Annie con una expresión divertida, mientras Meg se guardaba la nota en el bolsillo, como un talismán contra la envidia, la vanidad y el falso orgullo; las escasas pero cariñosas palabras que su madre le habÃa hecho llegar la habÃan animado mucho, y la belleza de las flores le habÃa devuelto el buen humor.
Nuevamente feliz, o casi, separó unos helechos y unas rosas y, con el resto, preparó delicados ramilletes y se los ofreció a sus amigas para que se adornasen el escote, el cabello o la falda. Clara, la hermana mayor de Annie, dijo que era «la joven más dulce que habÃa visto nunca», y todas se mostraron encantadas con su pequeña atención. De algún modo, aquella muestra de amabilidad marcó el final de su abatimiento, y cuando las demás fueron a que la señora Moffat les diese el visto bueno, Meg vio unos ojos brillantes y risueños en el espejo mientras se adornaba el cabello rizado con helechos y prendÃa rosas en su vestido, que ya no le parecÃa tan gastado.