Mujercitas
Mujercitas 
Como era la que más tiempo pasaba en casa, nombraron a Beth encargada del correo. La joven disfrutaba yendo cada dÃa al buzón, abriendo el candado que cerraba la portezuela y repartiendo la correspondencia. Un dÃa de julio, volvió a casa con las manos llenas y entregó tantas cartas y paquetes que parecÃa una auténtica cartera.
—Mamá, ¡aquà tienes tus flores! Laurie no se olvida nunca —comentó al tiempo que las colocaba en un jarrón que habÃa en el «rincón de Marmee», cuyo contenido el afectuoso joven renovaba a diario—. Señorita Meg March, tengo una carta y un guante para usted —prosiguió Beth. Entregó ambos artÃculos a su hermana, que estaba sentada detrás de su madre, dando unas puntadas a unos puños.
—No entiendo. ¿Me dejé un par y solo vuelve uno? —inquirió Meg observando su guante gris de algodón—. ¿No se te habrá caÃdo el otro en el jardÃn?
—No. En el buzón no habÃa más que uno. Estoy segura.
—No soporto tener guantes desparejados. En fin, espero que el otro aparezca. La carta no es más que la traducción de una canción alemana que querÃa. Supongo que la habrá hecho el señor Brooke, porque ésta no es la letra de Laurie.
