Mujercitas

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—Leeré un poco para que se anime. —Y la señorita Kate leyó uno de los pasajes más bellos con una pronunciación perfecta pero perfectamente carente de emoción.

El señor Brooke no hizo observación alguna y devolvió el libro a Meg, que comentó, inocentemente:

—Pensé que era poesía.

—Lo es en parte; intente leer este fragmento.

El señor Brooke esbozó una sonrisa curiosa, cuando abrió el libro por el lamento de María.

Meg, que seguía obedientemente las indicaciones que su nuevo profesor le hacía usando una brizna de hierba como puntero, leyó lentamente, con timidez, sin ser consciente de que convertía hasta las palabras más duras en poesía gracias a la dulzura y musicalidad de su voz. El verde puntero avanzó página abajo y la joven se fue perdiendo en la belleza de la triste escena descrita y, olvidando que no estaba sola, adoptó una entonación levemente más dramática al leer las palabras de la desdichada reina. De haber visto cómo la contemplaban aquellos ojos marrones, se habría interrumpido en el acto pero, como no levantó la vista, pudo aprovechar la lección hasta el final.

—¡Muy bien! ¡En serio! —exclamó el señor Brooke, que pasó por alto los muchos errores de Meg y parecía de verdad alguien que «disfruta enseñando».


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