Mujercitas
Mujercitas El señor Laurence acudió enseguida con Beth, para dar todo el consuelo de que un anciano caballero es capaz, y prometió amablemente cuidar de las chicas en ausencia de la madre, lo que representó un gran alivio para ésta. No le quedó nada por ofrecer, hasta propuso que la acompañara en el viaje su mayordomo, e incluso él mismo. La señora March lo rechazó de inmediato; no quería ni oír hablar de someter al anciano señor a un viaje tan largo, pero la propuesta alivió la angustia que reflejaba su rostro. El señor Laurence lo notó, frunció su poblado entrecejo, se frotó las manos y se marchó de pronto anunciando que volvería enseguida. Nadie pensó más en él hasta que Meg, que cruzaba el vestíbulo con un par de botas en una mano y una taza de té en la otra, se topó inesperadamente con el señor Brooke.

—Lamento mucho lo que ocurre, señorita March —dijo en un tono cariñoso y tranquilo que fue un auténtico bálsamo para el atormentado espíritu de la joven—. Vengo para ofrecerme a acompañar a su madre en este viaje. Debo ir a Washington para atender unos asuntos del señor Laurence y sería una gran satisfacción poder ayudar a su madre una vez allí.