Mujercitas

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¡Tres hurras por el bueno de papá! Brooke nos telegrafió de inmediato en cuanto empezó a mejorar. Después de recibir la noticia, corrí al desván para darle las gracias a Dios por ser tan bueno con nosotras, pero solo pude llorar y repetir: «¡Qué alegría! ¡Qué alegría!». ¿Crees que eso servirá como oración? Yo lo sentí en lo más profundo del corazón. Nos hemos divertido mucho, ahora puedo apreciarlo todo mejor porque ¡todas somos tremendamente buenas! Es como vivir en un nido de tórtolas. Te reirías si vieses a Meg presidiendo la mesa y tratando de actuar como una madre. Está más guapa cada día y, a veces, es un auténtico amor. Las niñas se comportan como ángeles y yo… Bueno, ya sabes cómo soy, no puedo cambiar. ¡Ah, lo olvidaba! Estuve a punto de reñir con Laurie. Le dije lo que pensaba sobre una tontería suya y se sintió ofendido. No es que yo no tuviese razón, pero creo que mi tono no fue el adecuado. Se marchó a su casa y dijo que no volvería a menos que yo le pidiese perdón de rodillas. Yo anuncié que no pensaba hacerlo y me puse furiosa. El enfado nos duró todo el día. Me sentí mal y deseé que estuvieras a mí lado. Laurie y yo somos muy orgullosos, nos cuesta pedir perdón, pero en este caso era yo quien tenía la razón y me dije que le correspondía a él hacer las paces. No vino y, al anochecer, recordé lo que habíamos hablado cuando Amy cayó al río. Leí el libro que nos regalaste, me reconfortó y decidí que no quería irme a la cama. Así que fui a casa de Laurie para disculparme. Nos cruzamos en la puerta… ¡Venía a lo mismo! Nos pedimos perdón mutuamente, reímos y nos volvimos a sentir bien de nuevo.


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