Mujercitas
Mujercitas 
No encuentro palabras para explicaros el reencuentro entre madre e hijas. Son momentos muy hermosos de vivir pero muy difíciles de describir, así que lo dejaré a la imaginación de mis lectores y solo diré que la casa rebosaba de auténtica felicidad y que el tierno deseo de Meg se cumplió, porque, cuando Beth despertó de su largo y reparador sueño, lo primero que vio fue la pequeña rosa y el rostro de su madre. Demasiado débil para extrañarse por nada, sonrió y se acurrucó en aquellos amorosos brazos sintiendo que su anhelo de afecto quedaba, al fin, satisfecho. Luego volvió a dormirse, y las muchachas atendieron a la madre, que no quiso soltar aquella delgada mano que, aun en sueños, se aferraba a la suya. Hannah había preparado un estupendo desayuno para la viajera; era su forma de mostrar su alegría. Meg y Jo dieron de comer a su madre como las cigüeñas alimentan a sus crías, mientras ésta relataba las últimas novedades sobre el estado del padre. Explicó que el señor Brooke se había comprometido a quedarse y cuidar del enfermo, que la tormenta había ocasionado retrasos en su vuelta a casa y el indescriptible alivio que sintió al encontrar el rostro esperanzado de Laurie tras llegar consumida por el cansancio, los nervios y el frío.
