Mujercitas

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Tal era el nombre de la casita marrón que el señor Brooke había elegido como hogar para Meg y él. Laurie la había bautizado así porque, según explicaba, era «el nido de amor perfecto para los arrumacos y arrullos de una pareja de tortolitos». Era una casa pequeña con un jardincito detrás y un trozo de césped del tamaño de un pañuelo en el frente. Meg pensaba colocar allí una fuente, un bosquecillo y gran profusión de hermosas flores. Por el momento, un cántaro viejo hacía las veces de fuente, en lugar del bosquecillo se veían unos cuantos alerces recién plantados, que todavía no habían decidido si iban a vivir o a morir, y un montón de palos que indicaban el lugar en el que había una semilla anunciaba la futura profusión de flores. Por dentro, la vivienda era acogedora y la feliz novia no encontró pega que ponerle del sótano al desván. La salita era tan estrecha que era una bendición que no tuvieran piano, ya que no hubiese entrado. En el comedor no cabían más que seis personas muy apretadas, y las escaleras de la cocina parecían construidas con el único propósito de hacer que tanto los sirvientes como la vajilla fuesen a dar a la carbonera. Pero, excepción hecha de esos defectillos, el resto no podía ser más completo, puesto que el buen gusto y el sentido común habían presidido la elección del mobiliario y el resultado era de lo más satisfactorio. En el pequeño recibidor no había ninguna mesa de mármol, grandes espejos o visillos de encaje, sino muebles sencillos, muchos libros, un par de hermosos cuadros, hileras de flores en el saliente de la ventana y, por todas partes, los regalos enviados por sus amistades, aunque lo más valioso no eran los presentes, sino los afectuosos mensajes que los acompañaban.


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