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25 LA PRIMERA BODA

Aquella mañana de junio, las rosas que decoraban el porche amanecieron abiertas y radiantes, como si también ellas, cordiales vecinitas de la familia, se alegrasen de corazón ante la perspectiva de un día soleado, sin nubes. Sus rostros estaban rojos de emoción mientras el viento las mecía y murmuraban entre sí lo que veían. Asomadas a las ventanas, unas observaban el banquete dispuesto en el comedor, otras, situadas más arriba, contemplaban sonrientes cómo las hermanas vestían a la novia, mientras otras se balanceaban para saludar a las personas que iban y venían por el jardín, el porche y el vestíbulo para cumplir encargos, y todas ellas, desde la más rosada y abierta hasta el más discreto capullo, homenajeaban con su belleza y aroma a la dulce dama que con verdadero amor las había cuidado durante tanto tiempo.

La propia Meg parecía una rosa. Se diría que lo mejor y más dulce de su corazón y su alma afloraba aquel día en su rostro, que se veía radiante y tierno, con un encanto que era mucho más hermoso que la belleza. No quiso usar ni seda, ni encaje ni azahar. «Ese día, no quiero parecer otra ni ir demasiado arreglada —había comentado—. No deseo una boda a la moda, quiero que mis seres queridos me vean como soy».


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