Mujercitas

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Cada cierto tiempo, la joven se ponía el traje de escritora, se encerraba en su cuarto y, en palabras suyas, «se perdía en un torbellino», entregándose a la escritura de su novela en cuerpo y alma, consciente de que no recuperaría la paz hasta terminarla. El «traje de escritora» era un delantal negro en el que podía limpiar su pluma sin problemas y un gorro, adornado con un gracioso lazo rojo, bajo el cual se recogía el cabello al ponerse a trabajar. Para la familia, el gorro servía de aviso ya que, cuando lo llevaba puesto, lo mejor era mantenerse a distancia y asomar solo la cabeza de vez en cuando para interesarse por ella y preguntarle qué tal iba la inspiración. A menudo ni siquiera se atrevían a formular la pregunta y se limitaban a observar el gorro para saber cómo iba todo. Si el expresivo complemento estaba caído sobre la frente, significaba que la creadora se hallaba en plena actividad; en los momentos de entusiasmo, lo llevaba ladeado, y si terminaba en el suelo era señal de que la autora había sufrido un ataque de desesperación. En tales momentos, el intruso se retiraba en silencio y no dirigía la palabra a Jo hasta que el lazo rojo volvía a erguirse orgulloso en lo alto de la cabeza de la prometedora autora.




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